Definitivamente, lo mío con las ardillas es personal. Todo comenzó en Boston, allá por el 2017. Caminaba con unos amigos por la ciudad mientras disfrutaba de mis adorados fritos gringos, cuando de pronto, sin previo aviso, apareció una ardilla. Me miró fijamente, con una mezcla de descaro y hambre que no supe cómo manejar. Pensé: bueno, le daré un frito, aunque dudé si no sería demasiado para ella. Es pequeña, razoné ingenuamente. Lo cual fue un gran ERROR.

La ardilla tomó el frito como si fuera su herencia y, al ver que no se lo impedí, regresó por más. Incluso corrió detrás de mí para reclamar su botín. En ese momento supe que estaba frente a una especialista. Una veterana del robo callejero. Pensé en denunciarla, pero lo dejé por la paz… y por mi dignidad.
Años después, creí que ese episodio quedaría como una anécdota simpática, pero mi reciente visita a Nueva York me demostró que el conflicto con las ardillas gringas está lejos de terminar.

Esta vez fue en DUMBO. Había comprado una hamburguesa con papas y, emocionada, busqué una mesa con buena vista. Encontré el lugar perfecto: de frente el carrusel, a la derecha el puente Manhattan, a la izquierda el de Brooklyn. Me senté feliz, saqué el celular para ver algún video en TikTok o Instagram (no recuerdo bien qué tenía pendiente) y comencé a abrir la caja de mi comida.

Fue entonces cuando una papa frita salió disparada como proyectil. Apenas tocó el suelo y ya tenía una ardilla al lado, devorándola sin piedad. Otra vez pensé, con la misma ingenuidad de Boston: seguro con una papa se llena. ERROR.
No sé si han visto la película Vecinos invasores, pero esa ardilla parecía poseída por el espíritu de Hammy. Tenía el hambre acumulada de 1500 años. Terminó comiéndose casi la mitad de mis papas… y, para que no digan que soy egoísta, también le di el pan de la hamburguesa (total, nunca me lo como).

Cuando pensé que todo había terminado, llegaron los refuerzos. Tres palomas se sumaron a la escena como si alguien las hubiera convocado por WhatsApp. Me rodearon. Ya no solo era una ardilla insistente, ahora también tenía un pequeño escuadrón aéreo apuntando a mis alimentos.

Por un segundo pensé en huir. Pero luego me detuve a observar y reflexionar: ¿por qué todos los animales vinieron a mí? Hay más mesas, más gente, más comida… ¿qué tengo yo? No sé si me vieron inofensiva, buena onda, medio mensa, o todo lo anterior junto. Lo cierto es que, sin saber cómo, me convertí en la embajadora animal no oficial de DUMBO.
kauldy