Cuando un viaje se convierte en Terapia

Es increíble la emoción que me produce cada viaje que hago. Debo confesar que, entre más tengo que investigar el lugar, más emocionante se vuelve; pero hay sitios que conozco tan bien que ya no investigo nada cuando voy.

Existen lugares como la CDMX o NYC que son mi lugar seguro, y hoy vengo a abrirte mi corazón para contarte sobre mi último viaje a NYC.

Recuerdo que le dije a una persona: “Necesito ir a Nueva York” y recibí una risa de su parte. Pero, para mí, era un comentario muy serio. Esa ciudad me hace sentir segura, me hace sentir feliz y, sí, lo confieso: no hice ninguna planeación para ese viaje.

Hasta que regresé fue que reaccioné y me di cuenta de que había cosas que me interesaba hacer y que no hice, como ir a ver Wicked o visitar el Summit. Pero estando allá no fue algo que extrañara; es más, ahora lo veo como un nuevo pretexto para volver.

Esa sensación de subirme al metro o al autobús y bajarme donde se me ocurriera no tiene precio. Caminar sin rumbo o repetir lugares, tampoco. Meterme a Whole Foods y comer mientras veía por la ventana a la gente correr bajo la lluvia, mucho menos.

Hoy, después de casi cinco meses, veo que ese viaje fue un momento para reencontrarme conmigo misma: para llorar y meditar, para quejarme, para expresar mi frustración en oración sin importar que la gente me viera, porque nadie me conocía y daba igual.

Me pregunté si fue tonto o no comprarme una bolsa con mis iniciales impresas (que hoy ya se borraron y no tengo idea de dónde está). Aunque debo confesar que el viaje me hizo más fan de UNIQLO.

Fue interesante “convivir” en el hostal con nueve mujeres más en la misma habitación, con las que solo crucé un “Hi!”. Todos los días caminaba para tomar el metro: si tomaba la línea que estaba a una cuadra, pasaba a la farmacia por mis fritos y mis Altoids de canela que amo; y si caminaba hacia el otro lado, a tres cuadras estaba Central Park.

Diario grababa el trayecto y ahora, al ver esos videos, me doy cuenta de que en estos cinco meses he cambiado tanto que casi no me reconozco. Creo que eso es parte de lo que los viajes nos dejan: confrontarnos, conocernos y ayudarnos a tomar el camino que sentimos correcto.

De hecho, creo que en ese viaje fue cuando me hice fan del café sin azúcar. También debo declarar mi frustración por no encontrar en ninguno de los Starbucks Reserve mi bebida favorita: un affogato que ahí venden, pero que, como “hacía frío”, no tenían.

Definitivamente volveré a Nueva York. Me prometí a mí misma que la próxima vez no iré sola. Cada viaje trae una enseñanza, una historia, y, como te he contado en otras ocasiones, mi amor por el Empire State siempre me hará volver.

Kauldy


Deja un comentario