Debo de ser honesta… He ido mas de lo necesario a New York y siempre ha sido para ir a ver a el Empire State así que esta vez Cuando llegué a Nueva York moría de ganas de ir a verlo, pero había viajado todo el día. Salí de casa a las 4:30 de la mañana, tuve una escala larguísima en Houston, aterricé en la ciudad cerca de las 11 de la noche. Estaba cansada, harta, el cielo gris, el frío intenso. Así que esa noche, simplemente dormí. No tenía sentido forzar un momento que no se sentía como debía, suena dramático, pero YO SOY DRAMÁTICA.

Al día siguiente, decidí arrancar con mis pendientes. Caminé una cuadra, tomé el metro y me fui directo a la zona de Rockefeller Center. Tenía que pasar por Longchamp (que según yo solo iba por una mini bolsa y compre mas de lo que pensé), por Uniqlo (de lo que compré aquí mejor ni hablamos) y comprar una gorra en el MOMA (al final fueron 2), Salí de la estación con esa ilusión que siempre me acompaña cuando piso esa calle: ver el Empire asomando al fondo. Pero no estaba. El cielo estaba tan cerrado que ni los edificios más cercanos eran visibles. No había ni rastro del Empire, ni del Rockefeller, ni del Chrysler. Nada.

Y eso, aunque suene trivial, me dolió, PORQUE YO SOY DRAMÁTICA.
Me moví por la ciudad. Crucé en teleférico a Roosevelt Island, caminé hasta la punta de la isla para ver si de aquel ángulo se veía, recorrí High Line a pesar del frío tan intenso y miren que soy Team frío pero moría de frío solo los calentadores de manos me ayudaban, y que creen?? El Empire seguía escondido. Era como si la ciudad estuviera ahí… pero incompleta.
Esa noche me fui al hostal un poco decepcionada. Pero el siguiente día tenía un plan: Brooklyn. Me fui a Dumbo. Buscaba una cafetería que me encanta, Arabic. Me senté, pedí un café y un pan de almendras, tomé fotos, luego pasé por mi hamburguesa favorita en shake shack. Caminaba jugando con la bolsa, preparando un reel que aún no he hecho, cuando levanté la mirada… y ahí estaba.
El Empire.
Majestuoso. Inmenso. Poderoso.
Me detuve y lloré.

Porque el Empire no es solo un edificio. Para mí, es un símbolo. De logro, de persistencia, de fe. Cada vez que voy a Nueva York y lo veo, siento que Dios me está recordando: “Aquí estás otra vez.”

El Empire representa mis metas cumplidas. Mis esfuerzos. Mi historia. Y, en esa mañana fría de Brooklyn, rodeada de ruido y de turistas y de ardillas roba comida (luego les cuento esta historia), tuve ese momento que se quedó conmigo. Un momento solo mío, en una ciudad inmensa, frente al edificio que amo con todo mi corazón.
Si por mí fuera, pasaría cada cumpleaños ahí. Con él. Viéndolo. Dándole gracias a Dios por permitirme volver.
Y si solo se me permitiera ir a un lugar cada vez que vaya a New York iría a cualquier lugar que me permita ver al Empire.
Kauldy